El porqué de Evaristo

¿La verdad? Porque estábamos en un pueblo de 3.500 habitantes y era la muerte: el aburrimiento. El futuro allí era tener un trabajo fijo, salir los domingos con la cuadrilla, buscar una novia estable e irnos muriendo poco a poco de los 18 años en adelante. Eso coincidió por edad con lo que llaman la Transición a ninguna parte, más el conocimiento de drogas, el conocimiento de las mozas… Nos llegó a la vez la música de verbena, Manolo Escobar, el rockabilly de los 50, el rocanrol de tupé y el punk-rock. Y era muy emocionante todo.

Éramos chavales inmortales como todos los chavales de 17 años y había unas revistas que hablaban de una cosa que se llamaba punk-rock. Siempre digo lo mismo, pero es la verdad. De todos los puntos de aquel catecismo nuevo me gustaron dos: que no hacía falta saber tocar para hacerte un grupo y que se podía hablar como se hablaba en la calle, utilizando juramentos y palabrotas. Y las letras hablaban del agobio de vivir, del futuro que nos espera, del no futuro… Me comió el coco a la primera. Leer aquello era como si fueras tú mismo. No saben tocar, se puede hablar normalmente y además hay que decir lo que hay que decir… ¡Joder que sí! ¡Estos somos nosotros! ¡Tenemos que hacernos un grupo!

Esas revistas llegaron al pueblo porque había unos majaras que igual nos gustaba Deep Purple que Kraftwerk que Tangerine Dream que Kiss que todo tipo de grupos revueltos. No teníamos manías con estilos. En un pueblo pequeño no existía todo ese tipo de tonterías. Nos juntábamos por la calle con uno que llevaba el ‘Made in Japan’ de Deep Purple o veías al Txarlie con un elepé de los Motels. Oíamos diferentes tipos de música y al mismo tiempo nos fumábamos aquella mierda de costo que era puta jena pero que a nosotros colocaba. Moscatel, Voll-Damm y porros. ¡Grandes dolores de cabeza, pues! No había más que bares de viejos. Había que intentar salir de esa mierda.

Yo hasta los 17 años o por ahí no me compré ningún disco. En el bar donde subíamos a echarnos unas cervezas con gaseosa después del entrenamiento de fútbol con los juveniles había uno de esos cinteros giratorios en una esquina  de la barra y vi el disco ‘Animals’ de Pink Floyd. Esa fue la primera cinta de casetes que compré. Había leído que era un rollo de hippies: que los cerdos eran los que tenían el dinero, los perros eran la policía y las ovejas éramos nosotros… En la portada se veía prácticamente eso. Luego le dabas la vuelta y veías que el disco se llamaba ‘Animals’ y decías: ¡Ya está! ¡Ya sé lo que quieren decir! Menos mal que no sabíamos inglés…

El Txarlie era pintor de coches en el garaje y como cobraba era el que compraba más música. Nos íbamos con su coche a las parcelarias, que son unos caminos entre parcelas de trigo y de patatas, porque no teníamos ningún bar a donde ir y la casa de los viejos estaba muy mal para ir a fumar porros. El Txarlie tenía un casete normal enchufado con cables a la batería de un Seiscientos y ahí lo oíamos. Poníamos cintas y hacíamos como que teníamos un conjunto. Cada cual tocaba un instrumento con la boca y al final uno cogía una bolsa de patatas fritas y la arrugaba. Cuando oíamos la grabación aquel ruido parecían los aplausos del Hammersmith Odeon, por lo menos…

Era una evasión. Éramos los raros del pueblo. Éramos un espectáculo antes de que nos pusiéramos cresta. Yo era el hijo del gallego y decían: “Ese está jodido, jodido, jodido“. En mi pueblo, si te dicen tres veces jodido es que ya no tienes remedio.

Evaristo Páramos ha sido líder y cantante de La Polla Records, The Kagas, The Meas y Gatillazo. (Marzo de 2013)