El porqué de Xavier Baró

Cuando tenía siete años ya me fabricaba guitarras con los picadores de los colchones; tenían forma de banjo. Recuerdo una tarde, debía ser invierno porque ya era oscuro, en que la radio estaba encendida y yo tocaba, haciendo una especie de karaoke. Oí una especie de voz que me dijo: ‘Tú serás músico’. Y respondí: ‘Vale, de acuerdo’. Fue un poco como cuando a William Blake se le aparece Dios y le dice: ‘Ei, tú tienes que escribir’. A partir de ahí, todo lo demás es como una fuerza que me va llevando.

Yo vivía en una casa de pueblo antigua. La terraza del primer piso daba a la pista del entoldado que, en verano, estaba descubierto. Allí se hacían los bailes y desde mi terraza había un acceso a esa pista, que era de mi abuelo y la alquilaba a la gente que organizaba el baile. Para mí, aquel entoldado era un mundo mágico en el que yo quería entrar como fuera. Era como la puerta de entrada a un mundo de sueño: el mundo mágico de la música y de todo lo que esta representa. Recuerdo que un día la gente de una orquesta me dio unas maracas y me invitó a salir. Y toqué el ‘Tango italiano’.  ¡Salí de allí elevado! Era como empezar a conquistar un territorio que yo sabía que era mío.

La música me fascinaba, pero entonces me daba igual un bolero que una pachanga. Y ahora me pasa lo mismo. A mí me fascinaba el conjunto, el espacio, todo. Cuando tienes siete u ocho años no sabes por qué te atrae, pero te atrae. (Febrero de 2007 y julio de 2009)

El cantautor Xavier Baró ha cultivado e irradiado desde Lleida un cancionero hondamente iluminado que conjuga mística y arraigo.